Cerrar los ojos y mirarse interiormente, saber y sentir que no estamos huecos por dentro, fue un ejercicio cotidiano en Teresa de Jesús. Al repetirlo una y otra vez, se entendía más a sí misma, se abría a la gracia, a la luz; sencillamente, descubría que había buscado a Dios en muchas partes y que lo vino a encontrar dentro de sí.