A finales del siglo XIX, Inglaterra significaba el corazón del imperio británico. Y Londres, su capital, era una de las ciudades más avanzadas tanto económica como culturalmente.
La reina Victoria llevaba en el trono más de cincuenta años, y un estilo de vida particular gobernaba el exterior de esa sociedad que impulsaba la Revolución Industrial y retenía aún grandes conquistas territoriales en todo el mundo.