Roma, 1672. Luis XIV obsequia a su amante, Marie Mancini, unos pendientes rematados por unas hermosas y enormesperlas.
La joven belleza está lista para ser inmortalizada enun óleo, sin imaginar que las exuberantes perlas pertenecieron alguna vez a Cristóbal Colón y, mucho menos, que a partir de entonces su destino estará marcado también por el infortunio que arrastró al navegante hasta su trágica muerte.