Las mujeres y los librepensadores de las comunidades musulmanas tradicionales heredan una doble carga.
Si quieren vivir en el mundo moderno, deben confrontarse no solo con los teócratas que moran en sus casas y escuelas, sino también con muchos progresistas laicos, cuya apatía, mojigatería y alucinaciones de “racismo” arrojan un velo más a su sufrimiento.