En la primavera de 1947 un pastorcillo beduino hizo un descubrimiento que iba a cambiar de raíz la visión que hasta entonces se había tenido de los escritorios bíblicos: en la gruta de un acantilado, a las orillas de mar muerto, encontró los famosos rollos que habrían de llamar la atención mundial y obligar a un nuevo examen de los textos, a la luz de ese insólito material que parecía llegado de un mundo extinguido.