El día que Heinrich Schliemann descubrió Troya, la legendaria ciudad de la que hablaban los poemas de Homero, rompió a llorar como un niño pequeño. Tenía casi 60 años, y la había estado buscando durante toda su vida. El descubrimiento de Troya fue la prueba irrefutable de algo que hasta entonces se creía que era solo un mito.