Desde el punto de vista filosófico, la felicidad radica en vivir bien y obrar bien, es decir, virtuosamente. Carlos Díaz conjunta estas dos acciones en una virtud capital: la alegría, de tal manera que sitúa a la alegría en el ámbito ético de la felicidad, donde es concebida como la experiencia humana de "dar de si" hacia la plenitud, como el gozo que conduce al perfeccionamiento, mas allá de las falsas alegrías que producen el bienestar material, el placer efímero o el optimismo iluso.