La educación occidental nos ha convencido de que las palabras son objetos maleables y obedientes, prestos a satisfacer y -cuando es necesario- revalidar nuestras queridas ideas sobre nosotros, el mundo y la vida. Hemos olvidado su naturaleza de carácter netamente simbólico (que en otros tiempos fue profundamente comprendida y valorada) y las hemos des-vitalizado hasta dejarlas transformadas en nada menos que signos.