Quise preguntarle qué significaba aquello. Quise acercarme y acariciarla. Quise besarla o enredar mis dedos en su pelo largo para terminar confesándole: "Talita, siento algo muy fuerte por ti y ni siquiera ese viaje lo va a cambiar". Pero nada de eso hice o dije. En cambio, permanecí, allí, sentado en la vereda, mientras más automóviles se estacionaban a nuestro alrededor y yo sentía el corazón demasiado inflado como un globo a punto de reventar.